¡No corráis “pa” levantaros que ha “nevao”!

Cuando yo andaba gastando los días de mi infancia era habitual que pasadas las fiestas de Navidad, entonces solo eran Nochebuena y Navidad, fuéramos toda la familia al “Capellán” para, entre todos, acabar de coger las olivas.

Como casi todos sabéis el Capellán es una de las partidas de Caspe. Pero para mí el Capellán era la finca que durante cuatro generaciones cultivaron miembros de mi familia materna. Era, y es, de la familia Miravete. Ya sabéis aquello que cantaba Serrat:

Las tierras del señor humedecían
su sudor y su llanto, día tras día.

Mendigo a jornal fijo como él no hubo
entre olivos y trigos, por un mendrugo.

Eran tiempos duros aunque nosotros, los niños, no nos diéramos cuenta. Y no nos dábamos cuenta sencillamente porque allí, con mis primos, teníamos todo lo que necesitábamos para sentirnos felices.

Y allí es donde, como ya he dicho, transcurridas las fiestas de navidad nos íbamos a “coger olivas”. La torre era grande, inmensa nos parecía entonces, y acogedora. Y siempre muy limpia. Mi tía Ascensión era muy limpia y no sabéis lo difícil que era ser limpia en aquellos años.

Mi abuelo materno, el “tio” Antonio el “cogelasliebres”, se levantaba, cuando aún era de noche, para encender el fuego en la cocina para que, al levantarnos el resto de la familia, las llamas crepitasen en el fuego bajo y la banca, con sus mullidas pieles de cordero, se ofreciese acogedora para disfrutar de un desayuno que solía consistir en un buen tazón de “sopas de leche”. Leche que muchos días había sido ordeñada esa misma mañana.

Los días transcurrían sin que el reloj tuviera ninguna importancia. Era el sol, al salir u ocultarse, el que dictaba la jornada laboral.

De repente una mañana oíamos a mi abuelo gritar desde el patio: “No corráis “pa”  levantaros, que ha “nevao”.

Como entonces no había servicio meteorológico las predicciones no iban más allá de la intuición de los abuelos que, a puro de años, deducían de ciertas señales los cambios de tiempo que podían producirse.

Este “grito”  de mi abuelo producía en nosotros el efecto contrario del que se pretendía. Oírlo y saltar de la cama era todo uno.  La pereza que otros días retrasaba la salida de las acogedoras mantas, y enfrentase al frio ambiente de la habitación, ese día no existía.

¡Había nevado!

Nos vestíamos rápidos. Un lavado de cara tipo “gato”….y a la calle. Maravilloso el espectáculo. Los “pinos”, también, aunque hubiera muchos más, solo unos eran “nuestros pinos”, emergían de un tapiz blanco y sus copas aparecían también cubiertas por algo parecido a un “bonete” blanco.

Las “eras”, había dos, también estaban cubiertas por el mismo tapiz blanco. Y de los bancales surgían, un poco fantasmagóricamente, los arboles, entonces en una finca de esas características había de todo,  que proveían a la familia de todo tipo de frutos.

Las primeras carreras sintiendo el leve crujir de la nieve bajo nuestros pies acompañados por los perros que compartían con nosotros la emoción por un fenómeno meteorológico no demasiado frecuente.

Y ese día el ritmo de la vida se ralentizaba. No se podía hacer nada. Así que mi abuelo rellenaba bien la leñera para disponernos a pasar el día en otros menesteres.

Los mayores siempre tenían algo que hacer. Arreglar los solonares, “zurcir” las borrazas, y sobre todo “rallar panizo” para los animales. El “panizo” se almacenaba en mazorcas que luego se “rallaban”  por las noches, al amor del fuego, mientras los “zuros” se usaban para alimentarlo.

Y a estas faenas se dedicaban, después de arreglar los animales, los mayores.

Y para los más jóvenes había un excitante entretenimiento. La torre con los corrales y pajares formaba una especie de L. Y en el Angulo de esa L se ubicaba una de las eras. Esta ubicación permitía que, tanto la paja como el grano, los productos de la trilla llegasen con menos trabajo a sus puntos de destino: el pajar y el solonar.

Y la era buscaba el resguardo que estas edificaciones propiciaba.

Y  allí, en esa zona protegida, mi abuelo “barría” unos dos metros cuadrados de nieve. El tono rojizo de la era destacaba entre la blancura de la nieve. Y en esa zona mi abuelo esparcía parsimoniosamente un “capazo” de trigo y maíz. A continuación preparaba la trampa con un cañizo. Lo colocaba cuidadosamente formando un Angulo de unos 45º, eso de los grados lo supe muchos años después, apoyándolo sobre una “pala” de las de “ventar” en la era. Y a esa pala ataba una cuerda. Esa cuerda llegaba hasta la puerta del pajar donde nos escondíamos nosotros. Mis primos y yo. Y allí escondidos esperábamos impacientes.

Aquellos dos metros cuadrados de “tierra limpia de nieve”, con sus “granos esparcidos”, se ofrecía a los desconcertados pájaros, sorprendidos por un fenómeno no muy habitual, como una maravillosa solución a sus problemas alimentarios.

Y los inocentes pájaros no tardaban a ir acudiendo tras merodear por la zona. Mayoritariamente gorriones pero tampoco era extraño que apareciera alguna “torda”, que ante la falta de su alimento preferido la oliva, recurría a aquello que tan sugerentemente se le ofrecía.

Yo, como el mayor de los primos, trataba de controlar la situación evitando que la precipitación impidiera una buena “caza”.

No siempre lo  conseguía dada la impaciencia de los más pequeños. Y entonces había que volver a recurrir al abuelo para que volviera a montar la “trampa”.

Porque, como ya habréis adivinado, aquello consistía en que cuando los pájaros concentrados en aquel “comedor” fuesen numerosos tirar de la cuerda para que el cañizo cayera sobre ellos.

Después ya todo era fácil. Un par de golpes sobre el cañizo con la propia pala que había servido de soporte al cañizo y…. a recoger a los inocentes pajarillos que aturdidos por el golpe apenas ofrecían ningún tipo de resistencia y… ¡al saco ¡La verdad es que éramos crueles ya que no teníamos ningún sentimiento por aquellas avecillas que yacían en el suelo.

Después había que esperar un buen rato hasta volver a  montar la trampa para que los pájaros volvieran a aparecer por el entorno de la era.

Era el momento de las pequeñas excursiones sin alejarnos demasiado de la protectora torre y de la vigilancia de los mayores.

Esos días de nieve lo corriente era comer farinetas. La harina procedente de moler el “panizo”  para alimento de los animales se “cernía” con un cedazo fino y la resultante de esta “operación” es la que se empleaba para hacer las “farinetas”. Por supuesto había que hacerlas en “tortosina de tierra” y con abundantes “tostones” de pan y trozos de tocino frito. Era mi abuela la que loas hacia. Durante su cocción había que estar removiéndolas continuamente para evitar que se hicieran “grumos”. Y se removían con una caña que siempre estaba a mano en la cocina.

Me encantaba verlas hervir a borbotones sobre las “estruedes”. Parecía la lava de un volcán. Aunque debo reconocer que entonces yo no sabía ni lo que era un volcán y menos aun la lava. Y maldita la falta que me hacía saberlo.

Y cuando mi abuela decidía que ya estaban en su punto procedía al paso final: sacarlas rápidamente a la puerta de la calle y dejarlas en una ventana exterior.

El contraste de temperatura , pasaban de la ebullición a una temperatura que rondaba los cero grados, propiciaba un rápido enfriamiento de la superficie y, en breves minutos, la superficie se “endurecía” al enfriarse mientras el resto, protegido por este “telo” y la “tortosina” de tierra , se mantenía perfectamente caliente. De aquella superficie endurecida emergían, incrustados en ella, los “tostones” de pan y de tocino. A mí, debo confesarlo, lo que más me gustaba eran los tostones. Aunque ahora me encantan las farinetas y todos los inviernos comemos varias veces siguiendo perfectamente el “ritual de elaboración”.

Las “farinetas”  había que comerlas en la misma tortosina. En plan “rancho”. Aunque a los pequeños nos las ponían en un plato.

Las tardes, después de comer, eran ya muy cortas y las dedicábamos a “desplumar”  los pájaros que habíamos “cazado”. Primero procedíamos a arrancarles las plumas más grandes para con posterioridad proceder al “socarrado” en las brasas. Una vez “socarrados” se fro9taban con un trapo para desprender el “socarrado” y ya quedaban a disposición de las “mujeres” para su destripado. Para merendar ya nos comíamos algunos asados en la brasa.

Estas tardes de nieve mi abuelo, después de comer, solía coger su escopeta y nos decía que se iba al monte a ver si cazaba algún conejo. La verdad que para ir al monte apenas tenía que recorrer algo más de medio kilometro y cruzar la Acequia de la Civán. Entonces era simplemente la “zaica”. Al otro lado estaba ya el monte.

No tardábamos mucho en oír un disparo. Y luego otro. Y hasta un tercero. Nunca más de tres ya que la caza entonces abundaba mucho. Y al poco rato aparecía ya en la torre con un conejo o dos. Los cartuchos vacios los dejaba en una “lata” para, por la noche, proceder a recargarlos. Los tiempos no estaban para excesos económicos.

La tarde finalizaba  entre juegos al amor del fuego hasta que, después de cenar, a hora bastante temprana  nos íbamos a la cama donde, comentado las incidencias de un día que para nosotros había sido emocionante, no tardábamos a conciliar el sueño.

Eran tiempos en que la nieve no creaba los problemas que crea ahora. No se quedaban coches y camiones “atascados” en las carreteras. Ni había gente “cabreada”  en los aeropuertos porque sus aviones no podían “arrancar”… o si esto pasaba como nadie nos lo contaba pues no nos enterábamos. Ni tampoco nadie nos decía si las nevadas iban a durar mucho o poco. El tiempo que haría al día siguiente lo dejábamos para que fuera mi abuelo el que al levantarse nos diera “el parte”: “Venga, a levantarse que ha salido el sol”.

O bien “No corráis “pa” levantaros que ha vuelto a nevar”

Quizá sea que me estoy haciendo viejo pero, creedme, estos días, viendo tanta gente “cabreada”, con las nevada recordaba, con una sensación de añoranza, aquellos ya lejanos, y en muchos aspectos felices, años en “el capellán”.

Joaquín Cirac

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5 comentarios

  1. Precioso y apropiado relato. De vez en cuando alegranos, con estos escritos.

    Gracias Joaquin

  2. Aunque nos separan algunos años(no muchos)las vivencias que cuentas,me han hecho “revivir”loa recogida de almendras con mis abuelos en valpalerma;espero que continues “contando las historias de la huerta”,ya que en éste mundo en el que priman “los valores materiales”,hace falta un poco de oxìgeno.
    SALUD ANARQUIA Y memoria històrica con minùsculas(creo que tù me entiendes).

    PARIS-TEXAS

  3. Pue yo soy el sobrino mayor del MIRAVETE dueño de la finca mencionada y en la que he estado bastantes veces.Estaba compuesta por dos fincas,una a cada lado del camino,del Capellan naturalmente.Mi tio mandó reconstruir la llamada Cruz del Capellan y creo que aun se mantiene en pie y citada en diferentes veces por 4E.No sé quienes seran los propietarios actuales pero me ha hecho recordar las vivencias de mi infancia,de la que compredendereis tambien tengo mis vivencias,como las del Almacen de Frutas de la Bajada a la Estaciòn,con sus dueños.El inovidable Monclus,el hemano de la chatas,Dolader,Pellicer,Zampa Bollos y el Gomez,etc….Saludos.

  4. Bienvenido a esta pagina P.M.G (yo ya te he identificado). Ya ves en que lucha andamos. tantos años después Miravete (Falele) si quiere puede hacerse vivienda en su finca del Capellan. En cambio una pareja joven, con una niña de corta edad, que son vecinos de la finca, no pueden… siguen existiendo las “clases” y asi ha nacido esta Asociacion que d soporte a esta Web.

    Efectivamente la cruz sigue en pie. No hace mucho tiempo, el año pasado, y como resultado de un articulo que publique en un mensual sobre lo que la cruz habia significado para mi como paisaje de infancia y como la veia ahora, el Ayuntamiento considero que había que recuperar su entorno. Y se procedio a una limpieza de todo el entorno y volvio a “verse” porque ya no se veia.

    La finca en cuya propiedad esta la cruz, o las cruces porque estan las dos, es ahora de Antonio Poblador Anay, el “capuchino”. Esta finca es la de la izquierda del camino del Capellan subiendo hacia los Picos.

    A la que yo hacia mención en mi relato es la situada a la derecha del camino, antes de llegar a la cruz, que es la que mi familia materna, los “cogelasliebres”, trabajaron hasta hace pocos años. Mi tio “Antonie” el ultimo mediero falleció hace un año.

    Comprendo que tendras vivencias aunque, reconoceras conmigo que las vivencias de los hijos y sobrinos del mediero nunca son como las de los hijos y sobrinos del “amo”.

    No se si recuerdas la “oración” que había al pie de la cruz:

    “Detente caminante un momento
    eleva hasta mi silueta tu mirada
    yo soy frescor en boca sedienta
    y balsamo en las almas laceradas”

    Muñoz de Miravete 1943

    Y sabes una cosa… mas de una vez vi a tu tío “lacerar el alma” a los medieros.. Quizá para que acudieran a la cruz.

    Con relación a ese almacen de frutas, Dolader, Gomez …no se si recordaras, o si llegaste a saberlo, como se les llamaba. Se les conocía por los de “Educación y Descanso”. Ya sabes que habia una Institución franquista que era “Educación y Descanso”.

    Pues a estos señores, Dolader, Gomez.. se les decia que eran de “Educación y Descanso” y se añadia:
    “Educación poca, descanso mucho”.

    Era la pequeña venganza, tampoco cabía otra, del “proletariado” contra la “clase dominadora”.

    Salud y reflexión

  5. Con respecto a la institucion de los medieros,según mi experiencia,tuvo su lugar de ser despues de la Guerra Civil porque permitió vivir a muchas familias con capacidad de trabajar pero sin posibilidades economicas.Con el paso de los años se puede considerar que dejo de tener interes mutuo debido al aumento del coste de la mano de obra y de la bajada de los precios productos alimenticios.No era ya rentable para ninguno de los contratantes.
    Con respecto al almacen de frutas,los tiempos eran lo que eran y para mil el Sr Monclus,mas conocido por los labradores como el Pirata,para mi tenía un conocimiento de la psicologia de sus clientes sosprenden y digno de admiración.Cuando un anciano entraba en dicho Almacen,provisto de un baston de nudos,el resto de los socios se retiraban a los rincones mas oscuros,miestras el Sr Monclus aguantaba la embestida a pie firme y con tanta gracia que el airado visitante salia bailando la jota
    Con la muerte de mi hermano Fernando,ya no hay ningun Miravete que tenga su domicilio en Caspe, aunque si vivienda.La agricultura te pongas como te pongas y hagas las inversiones que hagas,el resultado economico es nulo,en Caspe y en cualquier lugar de Aragon.Ahora bien como he leido en La Vanguardia de un gran propietario argentino Toda finca agricola es manifiestamente mejorable hasta la completa ruina del propietario.

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